Con mi amigo Pablo nos empezamos a escapar de casa como a los 12 para ir a ver a Los Redondos.
Él era de Remedios de Escalada, yo de Lanús. Nos juntábamos en las vías del tren que separaba un barrio del otro y cruzábamos toda la Capital para ir a ver al Indio.
La vez que llegamos más lejos fue hasta el Club Atenas en La Plata.
Y ahí entendimos todo: lo de Los Redondos no eran recitales. Eran procesiones. Venía gente de toda Buenos Aires levantando el cáliz, que era una caja de Resero de 2 litros o una damajuana de 5, que se iban pasando como si fuera un mate. Llevaban banderas de ese país ricotero imaginario porque el mundo real los dejaba siempre afuera.
Después de esa vez fuimos a casi todos. Siempre y cuando podíamos hacer calzar bien los chamuyos para los viejos. La última vez que fuimos fue a ese Obras en dónde los pacos mataron a Bulacio.
Ir a ver a Los Redondos no era sólo rock. Era escuela. Éramos re pibes y nos metíamos en el volcán del pogo, pero la gente nos cuidaba. Saltando, salando las heridas.
A veces alguno te veía muy niño y te tiraba la letra al oído para que entendieras por qué era una religión. Hermoso.
Nunca sabía si volver feliz o hecho mierda a mi casa mientras me iba masticando las letras.
Yo, que era más chico, no entendía cómo se podía armar semejante fiesta apocalíptica sabiendo que en un rato volvían a este mundo de mierda. O a ese en donde la policía te mata porque sí.
Ir a verlos era meterte un rato en ese mundo adulto del futuro. Donde Biff Tannen no sólo se saca la lotería, sino que termina de presidente.
Amor y política todo mezclado. La mentira de que eras libre de vez en cuando. Letras que parecían salidas de un cómic. Haikús de 5 palabras que te partían la cabeza. La locura de escuchar en vivo una banda con saxo por primera vez y dejar de insistir en tratar de encasillarlos.
Volverte loco tratando de entender qué carajo era “Mariposa Pontiac” o si “aquella solitaria vaca cubana”, era como decían algunos, una metáfora de la revolución.
Años después por suerte salí de esa duda, leyendo la autobiografía del Indio “Recuerdos que mienten un poco” y me dio mucha risa.
"Uno siempre quiere decir alguna cosita, incluso a través de un divertimento. En este caso, era la misma idea que estaba detrás de Masacre en el puticlub: si no tenemos control, o al menos conciencia, de lo que están haciendo los poderosos de verdad allá lejos, va a llegar la llamarada cuando estemos haciendo el asado y nos va a quemar el chanchito.
A la pobre vaca le cayó encima un pedazo de satélite… ¡y la mató!
“No tengo derecho a romperle el sueño a los que ven en esta letra la revolución cubana o cualquier otra cosa por el estilo; sería igual que si un pintor explicara cómo mirar un cuadro suyo”
Volver de ver a los redondos era toda una experiencia para nosotros:
El miedo de que nos cuelguen cruzando las vías en Lanús. El cagazo de que se pinche la mentira con mi viejo —y una vez se pinchó—. Pero sobre todo, el cagazo de no poder dormir después, con la cabeza explotada.
Para un pibe como yo, en esa época, era insomnio fijo acostarte pensando: ¿Qué chucha quiere decir: “Ya nadie va a escuchar tu remera”?
Y yo, volviendo en el 37 a Lanús con Pablo Kohan, le tiraba medio en joda, medio en serio: “Pero Pablo… si las remeras no se escuchan”.
Gracias por todo maestro.

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