Sunday, March 19, 2006

Sólo para pacientes o impacientes con mucho tiempo que perder. Parte 2

Recuerdo las naves espaciales más grandes que lo que yo era en esa época y extraño a ese astronauta que apretando un botón podía escapar de lo que intuía sería un peligro. Recuerdo que yo era el que podía apretar el botón. Recuerdo el control sobre lo que podría pasar y como todo recuerdo hace que el presente sea demasiado real para saber que los juegos de ahora se han hecho demasiado aburridos y demasiado reales, ya que creo que como niño realmente creía en el futuro, ahora es él el que no cree en mí.
Ya era escéptico para creerme astronauta o bombero pero creo que nunca me imaginé por lo menos estancado. Había demasiadas ruedas, cables, caras, trajes y posibilidades de ser otro como para creer que terminaría siendo yo mismo. Así crecí sin saber que crecía en un barrio que ahora extraño, casi tanto, como lo que está destinado a ser un recuerdo de lo ya sucedido y está teñido de la historia, que hace posible, un presente que trato de olvidar pensando en el pasado. Un barrio donde era posible cortar la calle porque aunque eramos demasiado chicos eramos demasiados.
Aún no consigo entender como 20 partículas de hombres lográbamos mover un árbol que impidiera el paso de los autos y cómo una calle podía convertirse en una cancha de fútbol que sólo fuera nuestra, ya que ahora el gremio de automovilistas se indignaría por sentirse pasado a llevar en sus derechos.
La verdad es que sus derechos eran una nimiedad frente al hecho de que la pelota rodara más de veinte minutos y de que ninguna de la mayor parte de nuestras familias tenía el dinero suficiente para cambiar la calle por una playa o las mangueras por una piscina olímpica. Incluso, creo que una piscina olímpica nos habría quedado grande o no habría sido nuestra. Esa sensación de que podíamos construir las cosas se veía reafirmada por la destrucción que empezaba a haber a nuestro alrededor, ya que era la primera vez que empezabamos a entender lo que eran las remodelaciones a partir de la modernización del hospital vecinal situado a media cuadra.
Recuerdo que en ese momento el lugar destinado a curar sólo nos servía en caso de guerra con el barrio vecino por los deshechos que dejaba en su paso el progreso, en forma de toda clase de piedras con objetivos distintos.
Habíamos empezado sin darnos cuenta a medir los códigos de la guerra en torno a las estrategias. Si ellos estaban lejos había que elegir piedras livianas pero que tuvieran el peso suficiente para llegar al otro bando teniendo el cuidado suficiente para que no pasaran de largo y agregaramos más enemigos a la lista. Si estaban cerca lo mejor era usar más peso para que los soldados de plomo cayeran más rápido. Estabamos aprendiendo a situar al enemigo en nuestros propios códigos y a darnos cuenta tal vez por primera vez que lo que para nosotros eran desperdicios para ellos eran sus casas. Nosotros estabamos del lado de un proyecto donde destruir tenía el fin de construir algo mejor, por lo que lo peor siempre nos entregaba los desperdicios sacrificados en pos de lo que supuestamente significaba una mejor salud para todos y teníamos más cascotes que dirigir a las cabezas de los subdesarrollados que nos devolvían partes de lo que aún era de ellos o de lo que no era un proyecto sino lo que se caía de lo que había sido un proyecto. Aún no entiendo si era por mala puntería, por buena fé o por materiales deficientes pero creo que hubo sólo un caso que tuvo que llegar al hospital, algo irónico en todo caso, ya que primero el hospital estaba de nuestro lado y segundo que la razón que llevó a ese enemigo ahí fue fruto de esos ladrillos que habían sido exiliados porque había llegado alguien más fuerte y barato.
Por lo que podríamos pensar que era una especie de protesta en contra de una cierta modernidad que se volvía contra sí misma o que el fruto de ese ladrillo volvía como caballo de troya a su verdadero hogar. Era una batalla entre el ladrillo y el aluminio y nosotros estabamos del lado del ladrillo, tal vez porque habíamos crecido con él y el aluminio se convertía en la imagen de nuestro enemigo. Recién ahora puedo darme cuenta que la calle no era para los autos sino para nosotros y que los autos no nos importaban todavía ya que eran casi tan extraños como los adultos, el alcohol o las mujeres. Aunque nos considerarán infantiles, ni los adultos, ni el alcohol ni las mujeres entraban en una cancha de fútbol, aunque no fuera una cancha sino una calle. Alrededor de los 11 años, la calle y las paredes empezaron a cederle un lugar a lo que empezó llamándose patineta y terminó llamándose skate. Cuando hicimos la primera rampa robándonos algunas maderas destinadas para la cancha de basketball del club del barrio, comenzaron a llegar de los sindicatos de 11 a 14 años de los alrededores y ahí sí que nos empezamos a creer invencibles, incluso un día, desperdiciamos varias maderas destinadas a la remodelación de la primera rampa que ya no daba abasto, para tirárselas a un carabinero que creía que en ese horario, entre las 5 y las 7, podían pasar autos. La verdad es que podíamos ya conocer muchas restricciones o leyes pero esa sí que no la conocíamos. Creo que esa fue nuestra primera relación con la transgresión y como creíamos defender lo que era nuestro, las próximas no tardaron en llegar. Los que podríamos llamar los primeros organizadores de ese país en forma de calle eramos 6 amigos que ibamos al mismo colegio y que aparte de los ladrillos a los del barrio contrario y los maderazos al carabinero que no entendía nada de fútbol, no habíamos estado cerca del límite de lo que pudiéramos considerar una ley hasta el día que alguien venido de otro colegio llamado Pablo Kohan sugirió que en vez de entrar al colegio fueramos al centro a tomar café y medialunas a un lugar llamado rigals y luego a un nuevo sacoa que tenía juegos electrónicos no existentes donde vivíamos nosotros a 50 minutos de la capital. Para mí, esa proposición era como si me pidieran matar a alguien antes de haber tenido edad suficiente para poder entrar al cine a ver el padrino, ya que las veces que había podido entrar sin que pudieran verme los que cortaban los boletos, había entrado a ver a Cellentano. En honor a la verdad, no era cellentano lo importante sino enfrentarse a unas verdaderas tetas italianas.
No recuerdo haber visto otras películas, por lo que al carecer de un modelo, mi miedo no era de los que te impulsaba sino de los que te paralizaban. No recuerdo bien como fue que sucedió ni quién fue el que organizó todo, pero en uno de esos días en que los padres se turnan para llevar a los hijos del otro, sucedió que fue otro padre el que me llevó junto a ese todavía extranjero llamado Kohan. Autor intelectual de ese plan que casi sale perfecto.
Tal vez nos faltaron películas para haberlo ajustado un poco mejor. Ahora si me incluyo porque creo que ese fue mi primer momento donde se mezcló la ansiedad, el miedo y eso que me cuesta tanto que tiene que ver con la practicidad. Debo decir a pesar mio que fue de esos momentos de lucidez incorrectos en un sentido moral pero correctos en un sentido contextual. Recuerdo ir en un auto con otro padre de apellido Kohan que debía cumplir la primera meta diaria consistente en dejar a su hijo y al amigo de su hijo(YO) en la esquina del colegio a una hora determinada, que en este caso eran las 8 de la mañana. Esquina que por suerte es esquina de algo o lo que queda afuera, ya que en ese momento comencé a darme cuenta que no sólo estaba ante un extranjero sino ante lo que ahora podríamos llamar gestor o gerente. No necesité más de dos señas al bajar del auto para darme cuenta que estaba ante un futuro hijo de puta o ante alguien que podría enseñarme mucho. El ruido de la puerta se mezcló con la gente llegando a pie, con las micros parando en la esquina, con los besos de los padres a sus hijos como si los estuvieran dejando en un campo de concentración, mientras eran recibidos en la puerta de ese futuro con nombre de enseñanza. Pablo se adelantó a todos y le dio a los cuatro restantes un destino preciso lejano de ese destino cotidiano que de a poco había empezado a volverse aburrido. La esquina de la reunión era terrorífica no por el cruce de las calles que siempre la había constituído por lo que era, sino porque había que esperar media hora aguantando esa reunión de seis mientras pasaban las profesoras que vivían en el mismo barrio que nosotros. Nuestros padres ya sabían hace rato que toda reunión que superara el número tres podría tener un destino cien mil veces peor que una expulsión pero para nosotros en nuestra ignorancia un profesor era sinónimo, aún sin saberlo, de un torturador. Nos juntamos en una esquina que por lo menos conocíamos más que la palma de nuestra mano gastada después de cellentano, pero debimos esperar que pasaran tres profesoras que sabíamos que solían llegar tarde y retarte cuando tú lo hacías. Cuando ya no quedaba nadie y sólo nos movíamos nosotros pasamos por ese momento de desesperación en donde el tiempo nos había superado pero donde los retrocedores del tiempo sacaban sus palabras: Qué hora es preguntaba walter, con la ilusión de que todavía podíamos pasar por esa puerta marcada con el número y el timbre de las 8 de la mañana. Qué mierda te importa preguntaba Pablo. No sé, tal vez todavía podamos volver decía Leandro. Nunca hemos ido al centro solos, decía yo aunque preferiría no recordarlo. Dejénse de joder, ya estamos acá dijo Pablo mezclando la autoridad con la practicidad. Todos nos mirábamos sin responder, no porque no tuvieramos respuesta, sino porque espérabamos que mientras transcurriera la discución se conjugara el color negro y rojo de la micro cien y la posibilidad de que no nos viera nadie, ya que a esa hora y en ese año, cinco alumnos en una esquina podían ser sinónimo de complot. Tres de los cinco salíamos por primera vez de nuestro barrio y nos dirigiamos sin una autorización más que la de nosotros mismos, a esa ilusión adulta llamada centro, demostrando que lo extranjero no pasa por las fronteras de los mapas sino por lo difícil de la delimitación propia.No era un bus al centro sino un bus a la muerte, un bus a lo desconocido, un bus a lo que después sería tan cotidiano como un nombre o una caricia, pero para nosotros en ese momento era una dirección que si bien tenía algún tipo de coordenadas nos enfrentaba a un momento de sorpresa suspendido en la icertidumbre entre un castigo y una búsqueda. Entre el pagar un café y una medialuna como adultos y volver a la casa de nuestra infancia como cachorros, temiendo ser reemplazados por una mejor raza que crezca más rápido, que cuide mejor la casa o que ladre más fuerte. La verdad es que más que cosas terribles, la alegría de pagar la cuenta con la plata que le robamos a la abuela de Nicolás, destinada a minipetacas de vodka a esconder detrás de los cuadros, nos entregó la suficiente recarga de moral como para no preocuparnos por las diez fichas que nos jugamos cada uno en el wonder boy y el space invaders. Plata gastada entre esos adultos o adolescentes que podían gastar la plata en lo que se les antojará, sin tener que volver a la casa con el terror a ser descubiertos. Ahora creo que lo que se oculta depende de la edad con respecto a su contenido y no a su forma, ya que como yo escondía una ficha de sacoa otros esconden mujeres, madres, esposas y amantes. Cambia la tecnología pero no el juego. Ya no juego en sacoa porque me han aburrido los juegos o porque en momentos yo he logrado convertirme en sacoa y ya no queda nadie con quien jugar. Walter ahora es gerente de un banco y la próxima vez que lo vea le preguntaré a qué juega o si se acuerda de que cuando ya aprendíamos las reglas del juego nos aburríamos. Ese día que nos escapamos a jugar vivimos un tiempo paralelo a lo que debía ser nuestro aprendizaje, no el que estábamos teniendo sino el que deberíamos haber estado teniendo si nos importará el futuro. Fuera o no el nuestro, que de hecho estaba siendo. Salimos con la sensación de haber estado hibernando y tuvieramos que volver a preocuparnos de comer o tener que ver las caras de nuestros padres y medir en sus gestos conocidos el desciframiento de lo que pudiera reflejar que la pregunta sobre cómo nos fue en el colegio no es sino lo contrario a una pregunta.
Es la búsqueda de una certeza o esa trampa que sólo los padres logran que sea favorable, consistente en preguntar algo que te enfrente con tu culpa, ya que intuímos que ya saben algo que no son capaces de decirnos porque quieren probar nuestra honestidad. Sin saber que a veces lo honesto tiene que ver con lo que no somos capaces de decirles. En este caso la respuesta de mi padre no pudo ser peor porque en vez de dejarme como víctima o victimario me dejó como idiota. Sus palabras fueron las siguientes: Si te vas a escapar del colegio, por lo menos que no te agarren¡ Sé que son las palabras de un padre intentando sintonizar con lo placentero de no hacer lo que se debe pero también podría ser una invitación notable a ser un perfecto hijo de puta, ya que mientras no te agarren puedes hacer lo que quieras. En realidad me estoy adelantando porque la vuelta fue lo contrario de la ida, aunque no me refiero al sentido más obvio. Sería como decir que el blanco es lo contrario al negro pero aquí los contrarios toman la dimensión de la culpa que logra cambiar los parámetros de lo que significan los extremos y la identidad lograda al estar uno frente al otro. Lo que en la ida fue sorpresa aquí fue un destino grabado en cada uno de nuestros poros. Lo que era peligro se convirtió en terror. Lo que era adultez fue la vuelta a casa. Lo que era impredecible se transformó en un diccionario de todo lo que habíamos hecho mal, escrito por otro. Los primeros veinte minutos de viaje repitieron incansablemente mediante el silencio, las culpas que le esperaban a cada uno más allá de que alguien pudiera ejercerlas. Si no se daba cuenta nadie de lo bien que lo habíamos pasado, cada uno de nosotros se encargaría de cobrarse la cuenta. Por lo que veníamos haciendo números sin tratar de desconcentrarnos con comentarios que trataran de describir lo que posibilitó que estuviéramos volviendo.
Me parece que el sólo hecho de volver de algún lado ya era suficiente para cada uno de nosotros pero ahora estabamos concentrados en lo que cada uno recibiría de acuerdo a su fantasía. Todo lo que se había unido volvía a separarse en la imagen que cada uno tenía de la puerta de su casa, de lo que hace existir un escapar, siempre y cuando exista el hilo que permita volver. Ese límite que hace posible la transgresión, ya que si no hay vuelta o límite no hay nada que se transgreda.
Es desde aquí donde es posible pensar en el retorno al hogar, esa mínima esperanza que tenemos algunos para hacer posibles esos primeros planes, ya que si no hay nada que perder estamos hablando de otra cosa, y yo siempre he tenido algo que perder. Comencé perdiendo juguetes, partidos de fútbol, programas de televisión y monedas pero creo que las primeras pérdidas son esas donde es imposible enmarcarlas en algo tan fortuito como el destino. Momentos en donde esos amigos de mis padres a los que había empezado a querer no tanto por lo que decían, que no entendía, sino por lo familiar que se me hacía el tono de sus voces cuando me quedaba dormido en medio de sus reuniones, que en algún momento tuvieron que dejar de nombrarse. Recuerdo que tuve que empezar a preguntar por qué Miguel ya no venía o por qué Eduardo estaba escondido si ya estaba bastante grande como para jugar a las escondidas.
Es así como los enemigos comenzaron a cobrar una dimensión que no conocía y que había dejado de ser un juego o una película. Los malos habían dejado de ser entrañables o confusos y el color verde había dejado de ser un color para convertirse en una señal.
Es así como más tarde pude entender que los anteojos negros eran la desaparición misma en una máscara que había dejado de mirar y por lo tanto de poder mirarse. Por lo que Los Twist no andaban tan lejos cuando pensaron que se trataba de cieguitos, aunque el diminutivo nos aleje de la realidad. Fue una época de descubrimientos.
Una vez estábamos con mi primo intruseando el closet de mi tía buscando películas porno cuando nos encontramos un verdadero arsenal, que nos permitió empezar a pensar en nuestra infancia y en como la estábamos dejando atrás, teniendo que empezar a tomar partido mientras nuestras preguntas se hacían cada vez más frecuentes. Habían empezado a cambiar dejando atrás el de dónde venimos a si podíamos ir a algún lado o a pensar en lo difícil del camino. Historias pasadas y futuras de cada uno. Distintas miradas en las cuales nos pudieramos mirar después. Walter, ya lo dije, trabaja ahora en un banco y mantiene no sólo la estabilidad de un país sino también de los tres hijos que la hacen posible. Leandro es entrenador de Hockey en Tailandia o algún país parecido. Pablo es Psicoanalista. Matías era ya el nerd que se convertiría en Bill Gates y desde el lugar del éxito podría reírse de todos lo que le jodieron la vida, como sólo puede joderla un adolescente. Eduardo estudió cuatro carreras sin terminar ninguna y ahora ejecuta lo que te enseñan a ejecutar en una de tantas ejecuciones, la de él es ingeniería en ejecución. La próxima vez que lo vea le preguntaré qué es lo que ejecuta. Yo, no sabía que estudiar y entré a publicidad, luego estudié psicología y ahora tal vez estudié un doctorado en bloggerlogía que me enseñe por lomenos a resumir.
To be continued.

3 Comments:

Blogger gieb said...

Hola
Acabo de leer su comentario y tengo la necesidad de responder a el.
Como a usted, me gustan las películas de "Hollywood", también el cine arte... Y escucho a Robbie Williams, también a Maja Rajke y a Calla... pero eso no me califica como "parte de" o como "traidor de". No existen los placeres culpables, te gusta o no te gusta. Punto.
No creo conocer a fondo el "target" indie, pero sí he colaborado en medios que reaccionan a ese nombre, he conocido a bandas que están en el nicho y a seguidores de esas bandas también. Por lo que algo debo saber.
Nada en contra de Super45, tus columnas las leo regularmente, es más, ahora recuerdo aquella titulada "A propósito de Aimme Mann sin Aimme Mann" y lo felicito.
El shock es cuando leo en el blog de ese medio "Viña no es Glastonbury" y gente llorando porque una banda "alternativa" con aspiraciones comerciales tocará en el recinto más popular de Chile. Eso, es algo que refuerza mi tesis. No es uan generalidad, sólo un vomito, y para eso está el blog.
Y claro, justamente ahora seguiré con el tema... hay mucho material.

7:45 AM  
Blogger pablo rosenzvaig said...

gracias por las aclaraciones...nos estamos leyendo.

2:20 PM  
Blogger Samanta said...

Yo quería decir que me gustó el relato.
En el camino me encontré con esto que pinta de respuesta a una polémica. Me dirijo a "la fuente" (como dicen en SQP) para enterarme pero no me entero de nada. Igual dejo un comentario en "la fuente" porque nunca he podido quedarme callada.
Pero volviendo al post en cuestión, los relatos de infancia tienen esa cosa atractiva que aún no sé de dónde proviene, pues intuyo que es más que nostalgia, será algo así como reconocerse a uno mismo tan ridículo como ahora pero con menos palabras puestas entre la ridiculez y uno, porque la inocencia es excusa suficiente.

12:52 PM  

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