Thursday, March 16, 2006

Lo que tal vez escribiría si mi novia me pateara

El día que el amor dejó de gozar de buena salud y se volvió anoréxico no puedo fecharlo exactamente.
No sé si fue cuando dejamos de mirarnos de frente y empezamos a inventar horizontes detrás de los ojos de cada uno o cuando los detalles del resto dejaron de ser detalles para ocupar todo el plano.
¿Fue cuando dejamos de reírnos y empezamos a hablar de la risa?
¿Fue cuando ella dijo que ya no encontraba divertido ver tres veces la misma película, ir a comprar cinco discos con sólo plata para uno o discutir de política en casa de sus padres?
¿Fue cuando el extremo de las cosas se perdió y ya todo era un límite?
Ese no lugar en el cual uno a veces se sitúa y deja de ser visible porque estamos parados en él, pegajozamente como esos chicles sin nombre ni intención que existen sólo en en el acto de ser parte de la suela del zapato. Como esos momentos en que decimos puede ser cuando queríamos decir que no. Como la cama haciendo de metáfora del único lugar en el que nos entendíamos.
Como la marca del límite en que ya no nos entendíamos ni en la cama o sólo existiamos en una invasión de listas de porques de la cual era imposible volver atrás sin desintegrarnos al mismo tiempo. Tal vez porque en eso nos habíamos convertido adquiriendo el peor sentido de la dependencia. Ese donde lo único que se nos hace claro es que el otro nos odia pero la única forma de existir que tenemos es ese odio del otro como manera de situarnos por lo menos en algún lugar certero.
No lo sé y no creo que esta vez pueda evadirme de la injusticia de contestar algo sin culpar o sin culparme, ya que también los ases en la manga se desgastan de tanto usarlos o porque no somos tan buenos jugadores para saber con quién usarlos.
Los primeros tres meses los gasté en buscar nuevas cartas y los tres siguientes en búsqueda de enemigos y he llegado hasta ahora a darme cuenta que mi fracaso es que no he logrado encontrar alguien con más virtudes que yo para fantasear un enemigo.
Esa atrofia emocional de la que tanto se acusa a los hombres, que no son ni artistas ni peluqueros, me invade como una víctima de mí mismo. Sé que da risa, pero también sé que esa risa es lo que siento y escribo. Risa de mí mismo que se viste de terror en una seriedad que no logra reírse.
Debería tratar de escuchar algo que no fueran mis propias respuestas alargadas, manoseadas y racionalizadas, que al final sólo reafirman mi desesperación por encontrar una respuesta más allá de mí.
Por lo tanto, no me vengan a joder con los sentimientos cuando justamente son ellos los que no saben bautizarse y me invaden sin nombre ni agua para desperdiciar en un acto que no sea el de tomársela.
No soy quien pudiera ser porque busco un nombre más allá de las etiquetas que pudieran darme, por lo que nada se arregla con lavar los platos buscando torpemente una mentira con nombre de complicidad al estilo de un mel gibson que cree que por depilarse va a entender lo que sienten las mujeres.
Estilo a su vez de los trabajos de invierno como si el año tuviera una sola estación o que el invierno fuera menos invierno porque llovió menos o hizo menos frío.
Para algunas cosas no se inventará nunca un impermeable que nos tape del todo ni que logre desintegrar ese gesto mesiánico de los que se creen buenos por hacer un tour de la pobreza sintiéndose la encarnación de ese carpintero despojado, mientras ilusionan un homecenter a la más mínima duda. Homecenter del que incluso podrían ser sus dueños, ya que las acciones ya no son acciones sino papeles. Los mismos papeles en los que trato de decir algo en contra de ellos tratando de sentir que no hablan por mí.
Papeles como novias convertidas en enemigas por el trancurso de ese infiel que se esconde, llamándose tiempo.

2 Comments:

Blogger Samanta said...

Pensaba que a veces uno va al cine y un par de asientos más allá se sienta alguien y empieza a hacer algo como leer los subtítulos en voz alta, y uno se desconcentra pero piensa que si se para y le dice que se detenga se va a desconcentrar más aún y lo deja ser y pretende ignorarlo. Sin embargo, a veces de lo único que uno se acuerda de la película es que en el cine había un señor que leía los subtítulos en voz alta.

12:02 PM  
Blogger pablo rosenzvaig said...

notable y real tu comentario.
saludos.

1:12 PM  

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